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| El ruido del silencio, Mikuláš Medek |
Me levanto y, con tos de madrugada, voy hasta el baño. Allí mis estornudos vuelan por el espejo del lavabo, creando un asqueroso rostro que haría matar cualquier bella trascendencia. Diminutas y aisladas gotículas, líquidas y pegajosas, formando un retrato conjunto de naturaleza muerta, Al verlo, me siento como un demiurgo teratológico cuyo arte se asemeja a esas semánticas pinturas hechas en las paredes sintácticas de un semiótico manicomio.
Luego, por la noche, y bien desangrada la gramática de mi conciencia, me dispongo fervorosamente a limpiarlo con el clásico jabón de abstracción perfecta, con fija lejía de intuición quemada y un esplendoroso trapo de doliente esperanza. Hasta quedarme académicamente dormido.
A la mañana siguiente, ya despierto, mientras me dejaba admirar frente al diáfano reflejo de alguna definitiva y cognoscitiva acepción, delante mismo de aquella pulcra imagen de este solo yo absoluto y conceptual, descubro que, detrás de aquello, salen miles, millones de innumerables palabras con la intención de abrazarme, de quererme, como si nunca antes un diccionario de amor lo hubiera hecho.
Deben saber que soy la soledad que habita en ellas.
