Quién sufre por dentro llega a la alegría
a cierto sentir increíble de la conciencia
bajo la pura noche y su absurdo del día
emerge sutil el bramar de su existencia.
Su revelada lejanía, íntima, de la infancia
donde la inocencia regresa con su llanto
fuego encarnado por tu glacial presencia
frío sol en la niñez de un corazón exacto.
Luego de pensar en la falaz redundancia
de recordar lo que se piensa de memoria
no quiero olvidar el tiempo ni la distancia
de ese escondite abandonado y perdido.
Como en inconmensurable y feliz elegía
permanece la última sonrisa del mundo.
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